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Sandra Ramos

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¿Cuánto aguanta un corazón sin el latido de creer?
X Alfonso

Cada vídeo-instalación de Sandra Ramos es una summa visual. Son revelaciones totales que logran compilar su poética, tanto en los recursos lingüísticos como temáticos. Y en este sentido estamos en presencia de una obra eminentemente autorreferencial, no sólo por la presencia del autorretrato que ya sabemos resulta una constante en su obra gráfica e instalativa, consecuente con una relación panteísta de la historia o el icono con ella misma, sino por la manera en que se sirve de la tecnología para llenar de movimiento sus fotograbados de cariz artesanal, la forma en que toda su obra anterior se concentra en estas suertes de Apocalipsis insulares que son In my heat o Los ojos de Dios por ejemplo.

Se trata de una operación de autosecuestro, donde establece un trato intertextual con su obra anterior que le otorga, a su vez, una organicidad y coherencia inédita. De alguna manera, las últimas vídeo-instalaciones de Sandra Ramos se convierten en antologadoras y dicho en tono acaso grandilocuente, en su propia Historia del Arte.

Para ella los préstamos son, desde hace años, algo usual. Solo recordemos la aparente ingenuidad con que traía al Bobo de Abela, a Liborio y a Alicia a dialogar de manera irónica con una realidad crispada y hasta grotesca. Ahora continúa con ese gesto usurero pero es más democrática en sus inclusiones.

Su obra anterior, identificada fundamentalmente con el tema de las migraciones donde también confluían las propuestas de Abel Barroso y Alexis Leyva (Kcho) en Cuba; Raúl Recio y José Perdomo en Dominicana así como Luis Cruz Azaceta en Estados Unidos, entre otros, ha transitado del grabado de línea naif hacia vídeo-instalaciones de apariencia y estructuras high tech.

Sin embargo, este suceso no es gratuito. Desde el principio eran evidente el afán narrativo y el interés por la secuencia en Sandra. En sus composiciones llenas de textos, en las mismas calcografías como soportes (ya de por sí múltiples) y luego estas “instaladas” en un simulado televisor ATEC-PANDA. Ahora, un recurso muy a tono con la sensibilidad contemporánea como es el audiovisual le permite explayarse, remitirse a nuestra propia naturaleza acto-virtual, desbordarse: recalcar que el tema de las migraciones y la insularidad eran sólo tópicos visibles pero no los únicos.

Vale aclarar que Sandra no es una videasta en sentido estricto, sino que, como varios artistas dentro de la videocreación, no sigue un canon que no sea el de supeditar el medio a sus intereses discursivos. Concibe la animación como parte de una mixed media muy a tono con su poética en la que, por encima de todo, coloca el asunto de la memoria como el centro de sus desvelos artísticos y existenciales.

Es decir, Sandra exhibe la lógica esquizofrénica sobre la que se construye el imaginario social, esa reserva de desencantos y anhelos, pérdidas y recuperaciones, euforia y tristeza. Aceptaciones y renuncias. La perplejidad y levedad que genera ese estado de rupturas constantes, de yuxtaposiciones que emplazan constantemente a la razón. Es la ingravidez como sino y el limbo como lugar. La desidentidad o dualidad o triplidad de un yo dinamitado, que no transita: más bien salta de un fragmento a otro. Es la guarda y la evocación:

La vita nuova es padecimiento y nostalgia. Pero la intuición es una llave eficaz. Existe una nueva certeza: todo es natural. O mejor aún, todo es natural y nada es real. Si no pensáramos así no podríamos sobrevivir. El paisaje no es real, es sólo una proyección de nuestros caprichos. Ahora mismo, mientras recordamos haber orinado una palma, o comido un vástago tierno de yerba de guinea, nos damos cuenta que hemos comido y orinado una porción de vacío.

En la larga angustia del caer de una gota, no hemos visto la caída. No vale la pena poetizar y encerrar una imagen de rocío, si no podemos poetizar las chispas de caca en el borde del retrete de Celedonio.

El guarapo gotea del manzano, y los cuervos atacan las plantaciones de plátano burro, tan caros a Bartolo.
De modo que no debéis preocuparos. En este mundo todo es posible, hasta la redención.
La zafra todavía puede ser de todos.
El cuervo y el tocororo son el ave.

La poética de Sandra puede explicarse en esas líneas. De ahí que ella acuda al principio del calidoscopio (no a él como tal) en muchas ocasiones, donde las historias son fragmentadas, caóticas, rizomáticas, sicodélicas. Noción que se refuerza con el uso del papel metálico como elemento distorsionador en varias piezas. Este recurso le confiere a las imágenes un aspecto de lo impreciso, de lo deteriorado en tanto trastorno mental, o de lo que existe como deseo, como aspiración. Tal material permite mostrar un territorio desdibujado por incierto, acuoso en última instancia. Como si hubiera una falla de origen en ese atípico panóptico que son sus propios ojos en muchos casos, o como si los carros de La Osa Mayor fueran salvadores sí, pero de rumbo impreciso (“porque no todo descubrimiento es conciliador”).

Sandra crea hermosos y sobrecogedores environments donde la sucesión -o mejor dicho, el eventismo- de imágenes no se muestra lineal ni corpórea sino todo lo contrario. Se trata de presencias “idas”, enajenadas, límbicas, flotantes, tanto en la queda como en el escape. (“todo lo sólido se desvanece en el aire”).

Tal ha sido siempre la encrucijada de Sandra… y la nuestra: Irse tras la inseguridad y el ánimo de la utopía o quedarse en “los charcos de agua sucia” y el desaliento de Utopía.