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Sandra Ramos

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La galería Villa Manuela, en el traspatio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), también puede ser un escenario propicio para el ya no tan nuevo arte de hacer ruinas. La artista plástica Sandra Ramos (La Habana, 1969) inauguró allí el pasado 13 de febrero una exposición personal con un título recurrente dentro de su poética: Las Ruinas de Utopía.

Algunos teóricos tétricamente han descrito su obra como poética del aislamiento, temor al olvido y la intrascendencia, y hasta ilusiones infantiles frustradas por una adusta adultez. Así que yo, por supuesto, fui a verla en busca del desastre del día a día y enseguida me sentí discretamente decepcionado. Como tantas veces ha ocurrido con su obra, esta muestra de Sandra Ramos se desmarca de Sandra Ramos sin dejar de ser ella en ningún detalle.

Le pregunté si no era riesgoso apostar por la sorpresa del público pero, según la autora de Las Ruinas de Utopía, el único sorprendido ese viernes 13 de febrero debía ser yo: "Siempre he llevado varias líneas de trabajo en paralelo. Se conocen mis grabados y pinturas por ser lo más biográfico y local, pero mis instalaciones, que son más universales, reinciden en ciertos componentes y temas sociales como la migración, por ejemplo. El cliché de la obra más difundida nos ubica en un contexto muy limitado. Tal vez por eso el 20 de diciembre de este año lanzaré un catálogo exclusivamente con mis instalaciones".

Partes decomisadas
La exposición Las Ruinas de Utopía, como si fueran las partes de un cuerpo o una casa decomisada, está dividida en tres áreas: 1) "El sueño de la razón", una videoinstalación con cajas de luces como tarimas de mercado (imágenes amateurs importadas por la propia artista desde Toronto, Canadá); 2) "Entropidoscopios", una fotoinstalación a través de tubos a medio camino entre el calidoscopio y nuestro ojo voyeur (fotos descargadas de cualquier fuente a mano de la autora); 3) "Caminos paralelos", una doble instalación giratoria donde convergen, con precisión de rueda dentada, transparencias de La Habana y de ciudades emblemáticas del mundo. Mi impresión inicial fue la de un umbrío parque temático de diversiones. Y semejante corte con lo artísticamente correcto me entusiasmó.

Cada pieza de Ramos transpiraba glamour y frialdad, algo aséptico o tal vez escéptico, pero nunca estéril: un cortocircuito entre realidades irreconciliables de tan contemporáneas, una relación del tipo materia/antimateria, contrarios complementarios que se anulan en luz cuando colisionan. De hecho, la sala expositiva de Villa Manuela tendrá por estos días un diseño luminotécnico espectral: de la penumbra a las altas luces de animación (como en el cine), más ese batir digital de alas onírico-racionalistas que todavía ha de producir muchos monstruos.

Más que ruinas, leí aquel montaje como las runas mitad fósiles y mitad futuristas de esa obsesión humana que ni siquiera nuestro siglo XXI consigue del todo exorcizar: el paraíso terrestre, que está siempre en todas partes y en ningún tiempo y lugar.

Sandra Ramos lucía jovial durante la inauguración. Ni asomo de distanciamiento por sus incontables premios, becas, exposiciones, museos y mercadeo internacional. Que recuerde, nadie se dirigió al público de manera formal. La artista parecía confiar en que ante sus ruinas utópicas sobraban las palabras.

"Las Ruinas de Utopía tiene mucho que ver con los contrastes entre pobreza y riqueza, guerra y paz, pasado y presente, lejos y cerca, privado y público, etcétera. Y también con los desplazamientos simultáneos que afectan nuestra vida. Y no sólo entre países, pues dentro de una misma ciudad se notan esas grandes diferencias que me interesan para mi obra", sostuvo Ramos.

"Los temas son los míos, quizás desde una visualidad más abierta: las ruinas de la utopía del pensamiento y de la posibilidad de un mundo realmente mejor, más igualitario. Esto es un problema cubano, por el sueño revolucionario y lo que se ha frustrado, pero también es mundial, donde hay tantas desigualdades por resolver, pues conviven muchas culturas y sistemas filosóficos que entienden la vida de manera diferente. Los niveles de desarrollo desiguales, en un momento histórico de comunicación tan grande, provocan que ya ningún espacio esté aislado y que los conflictos sean más evidentes: existen vías como internet para acceder a las ideas al margen del control y la oficialidad".

En serie y en paralelo
La tardenoche de la inauguración varias decenas de personas recorrimos alternativamente los tres momentos de Las Ruinas de Utopía. Ramos apunta su retórica no por vaciamiento, sino por acumulación de imágenes en serie y en paralelo: cuerpos, caras, alambradas, artes marciales, llagas, frutas, carnes, favelas, rascacielos, joyas, maquinarias, maquillajes, helicópteros, explosiones, cirugía, multitudes, flores, lápidas, y un hipergeométrico etcétera. Y, sin embargo, de este alef policromático no emerge ninguna cosmogonía. Hasta el arte conceptual es hoy por hoy más concreto de lo que aparenta.

"Para mí la creación no es un proceso agónico, aunque exponerlo pueda hacerse terrible por cuestiones de producción. Es algo catártico, pero disfruto la suerte de poder hacerlo: relajarme y soltar mis demonios y hasta ser una persona más normal que si no creara. Uno siempre se expone a la opinión ajena, pero es un juego y una forma de retarme a mí misma en términos de expresión: una mezcla de ironía y dolor ante cualquier carencia, lo que no excluye la levedad", opina Ramos.

La artista agrega: "Quisiera que mi arte dialogara con la mayor cantidad de contextos posibles: viajar y enfrentarme a todo tipo de obras ha influido en las formas de hacer que conviven en mí. Pero con la experiencia uno se vuelve menos utópico. En arte, nunca pienso en términos de competencia o intención de destaque. Aunque creo en su papel como elemento movilizativo de lo social y lo político, nunca tuve la ingenuidad de creer que el arte iba a cambiar el mundo, si bien sí sirve para que la gente reflexione un poco".

Como de costumbre, Las Ruinas de Utopía fue curada por la propia creadora. En el lujoso brochure de la exposición ella cita a un Foucault en fuga, y se despide con una visión del arte como una de esas "alternativas contemporáneas" de "espacio heterotópico". Léase: "un sitio donde sentirnos cómodos y coger aire para empezar a soñar nuevas utopías".

Por suerte, tomé algunas fotos y vídeos ese frío anochecer de viernes 13. Un par de semanas después volví y una bostezante custodio no me dejó ni sacar la cámara tan pronto como le hablé en cubano. "Todo lo que hace un artista siempre tiene algo de autobiográfico", me había confesado Sandra Ramos. "Por eso en mis instalaciones reciclo cosas que se nos van quedando en la mente, todo un bagaje de imágenes y colores sacados de aquí y de allá: otra fuente para la memoria que afecta nuestra manera de percibir el mundo, incluso inconscientemente".

Lamenté entonces no poder sumar un fotorreportaje diurno a mi autobiografía de escritor. Por algún extraño motivo, ahora paladeo mejor el más reciente desplazamiento de Sandra Ramos: una artista plástica capaz de patinar sobre el hielo sucio del diario desastre y, sin embargo, esquivar los lugares comunes del costumbrismo más coloquial (su mirada bien podría ser la de una turista de la realeza holandesa). La fuerza y el candor de su obra (más allá de utopías cínicas y ruinas cíclicas) se juegan toda su efectividad en esta tensión entre simbología provinciana y hálito planetario. Semejante lección de rigor y relajamiento espero nunca olvidarla a la hora de narrar.